Lo peor de una derrota suele ser que el rival te perdone la vida. Es lo que habitualmente hacían los italianos en los duelos con España, te ganaban y luego te decían dándote una palmadita en la espalda: "otra vez será...".
Nueve de julio de 1994, palacio de los Borbones en Nápoles. La vigésima cumbre de los presidentes del "G-7" (el grupo de los siete países más industrializados del mundo) desvía su atención hacia Foxboro (Massachusetts, Estados Unidos).
La que fuera morada en el siglo XVIII de los reyes Borbones de Nápoles, una sólida construcción de ladrillo rojo, parece trasladarse a Foxboro, ciudad situada a 35 kilómetros al suroeste de Boston, en cuyo estadio homónimo Italia y España se juegan el pase a las semifinales del Mundial.
Políticos, agentes de seguridad, camareros, técnicos, interpretes y periodistas no pierden detalle del partido. Los italianos son mayoría y enfocan el partido con el optimismo que ofrece un palmarés favorable en los enfrentamientos con España. Además, gobierna el país Silvio Berlusconi, que ha utilizado el tradicional grito de ánimo a la selección, "¡Forza Italia!", para denominar a su partido. Una interesada comunión entre política y fútbol.
Un pequeño grupo de periodistas españoles siente la presión italiana, pero conserva las ilusiones. Las entonces llamadas "Furias rojas" no han perdido ningún partido en la fase de grupos (2-2 con Corea del Sur, 1-1 con Alemania, 3-1 con Bolivia) y han barrido en la segunda ronda a la Suiza de Roy Hodgson (3-0) con un letal contragolpe.
En su tradicional rivalidad deportiva con Italia, los españoles vivían en aquel tiempo una época dorada en el ciclismo, con los cinco Tour consecutivos de Miguel Induráin y, sobre todo, los dos Giros de 1992 y 1993, en los que batió a los grandes ídolos locales, Claudio Chuiapucci, Gianni Bugno y Franco Chioccioli.
Italia tenía hambre de revancha. Los españoles, de superar la maldición de los cuartos de final. El palacio de los Borbones hervía de ansiedad.
Dino Baggio abrió el marcador a los 25 minutos de juego, José Luis Pérez Caminero igualó en el 58 y Roberto Baggio, la estrella italiana, selló el 2-1 final en el minuto 88.
Pese al mazazo del gol de Baggio, España todavía tenía arrestos para seguir peleando y a punto estuvo de lograr la proeza. Pero no contaba con la desidia del árbitro, el húngaro Sandor Puhl.
Puhl no se atrevió en el minuto 89 a sancionar con penalti al italiano Mauro Tassoti por propinar un alevoso codazo a Luis Enrique, que le fracturó el tabique nasal. Las reclamaciones airadas del agredido, el rostro bañado en sangre, no conmovieron a Puhl.
En la sede de la cumbre del "G-7", los periodistas italianos se dirigieron a los españoles desde la ventaja de quien disfruta del éxito a costa de la eliminación del rival. "Lo sentimos, otra vez será....".
El único consuelo, magro, para las "Furias" y su hinchada "roja" fue la decisión de la FIFA de sancionar a Tassotti con ocho partidos. Para ello, utilizaron por primera vez en su historia la grabación en vídeo del encuentro porque Puhl no reflejó la agresión en el acta. Es decir, no quiso saber nada de lo ocurrido.
Estadio Ernst Happel. Viena, 22 de junio de 2008. El cambio de la historia. Cuartos de final de la Eurocopa. España elimina a Italia en la serie de penaltis (4-2). Los "azzurri" se consuelan diciendo que España pasó, pero sin ganarles (0-0 tras 120 minutos).
Estadio Olímpico de Kiev, 1 de julio de 2012. El cierre de la maldición. Final de la Eurocopa. España destroza a Italia. Un 4-0 inapelable. "Demasiada España para nosotros", titula "La Gazzetta dello Sport".
Hoy, los italianos admiran el juego de España, escrutan sus sistema y debaten sobre cómo quebrar su tremenda seguridad: ¿Presionando arriba para aprovecharse de los errores? ¿Cambios de juego fulgurantes? ¿Qué?.
Mientras, los periodistas españoles que soportaron en Nápoles al altanería "azzurra" llamaron a sus colegas italianos para devolverles el cumplido: "Lo sentimos, otra vez será...".

